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CAPITULO V

Monteros de 1711 a 1719

El milagro de la Virgen del Rosario

La fiesta del Rosario

La prohibición del Cabildo

 

Monteros de 1711 a 1719 

 

     Después de su mención en los padrones de 1711, no aparece nuevamente Monteros en los documentos coloniales hasta 1719.

     La pequeña población, un caserío quizás, es un paso obligado de la ruta de San Miguel de Tucumán a Catamarca. Igualmente lo es de la antigua ruta a los valles por la Quebrada del Portugués.

     La población estaba dedicada a la agricultura, la cría de mulas y a la construcción de carretas, actividades toda ellas de gran importancia en el comercio de entonces. Las mulas iban al Alto Perú, las carretas hacia el litoral y los productos de la tierra a las provincias vecinas.

     En la zona hay una capilla quizás privada, costumbre muy difundida entonces, cuando cada estancia tenia una iglesia o capilla para la atención religiosa de los indios y encomenderos.

     En “la estancia de los Monteros” había una capilla en la cual se veneraba una imagen de la Virgen del Rosario, siendo el caso a recordar que Juan de Espinos, a quien pertenecieron dichas tierras en los primeros tiempos de la conquista, era el mayordomo (presidente) de la Cofradía del Rosario, y por ende un seguro devoto de tal devoción.

     El paraje de los Monteros y su Virgen del Rosario cobraron notoriedad en 1719, a raíz de un suceso que tuvo tanta trascendencia que llego a Salta, donde gobernaba don Esteban de Urquizar y Arescopachaga, quien envió con ese motivo una carta al Cabildo de San Miguel de Tucumán

 

El Milagro de la Virgen del Rosario .

 

     La misma decía: “Ha parecido inexcusable a la obligación de mi cargo dar parte a V.S. de haber recibido carta del Mestre de campo- Don Urbano de Medina y Arce, mi lugarteniente de esa ciudad su fecha en el fuerte de Palata en 9 del corriente avisándome haber recibido carta del cura vicario de ella en que se da noticia de una Imagen de Nuestra Señora del Rosario que se hallaba en el Pago de los Monteros, en un rancho por haberse arruinado su capilla a tres o cuatro años, habiéndola descubierto unas pobres mujeres sus devotas para ponerle una lámpara  y rogar a Nuestra Soberana Reina favoreciese a los soldados que iban a campaña; empezó a sudar de tal modo que dando cuenta aquellas pobres se alborotó la ciudad y su jurisdicción dieron parte al Dr. Don Diego de Alderete que se halla en ella de Visitador quien pasó luego en compañía del R. P. Guardián del Convento de San Francisco y dieron fe del suceso, habiendo durado aquel sudor desde el día lunes que se contó 29 de Mayo hasta el miércoles siguiente, tan copioso que bañó todo el vestido y el pié del cajón donde estaba” .

     La carta agrega que también intervinieron en el asunto el misionero Padre Juan del Montijo, jesuita, lo que nos revela la trascendencia de aquel suceso.

     Impresionado el gobernador dispuso de inmediato se hiciesen públicas rogativas y se dejara constancia de ello en los libros del Cabildo.

     De la carta del gobernador podemos deducir que por Monteros pasaban o estaban soldados, probablemente por la lucha con los indios del Chaco. El jesuita que se hallaba en la comarca, muy posiblemente estuviera en la vecina Isistiné, donde los jesuitas tenían algunas propiedades.     

 

  La fiesta del Rosario 

 

 

Si la devoción del Rosario ya estaba difundida en Monteros, el Milagro de 1719 la debió hacer famosa y conocida en toda la provincia. La “fiesta” se celebraba el primer domingo de Octubre, y era causa para que los vecinos de toda la provincia acudieran a Monteros.

Su renombre fue tan grande que cien años más tarde, en 1805, un grupo de vecinos alude a ella al pedir el deslinde de sus tierras diciendo: “Don Francisco Guerra por mi y a nombre de Don Manuel Robles y Tomás Aráoz y Domingo Carrasco y Don Marcos Toledo, ante Vuestra Merced conforme a derecho paresco y digo que en el Paraje de los Monteros tenemos algunos solares o retazos de tierras para trabajar nuestras casas y concurrir a las funciones en las festividades que celebran en la parroquia de aquel curato”.

 

La prohibición del Cabildo

 

 

La fiesta fue ganando importancia, y años más tarde, ya tenía una duración de varios días. En 1745, el Cabildo intentó prohibirla, porque según su opinión la misma daba lugar a excesos.

      Reunidos el 2 de Noviembre de 1745, elcuerpo escuchó el informe del maestre de campo Don Diego de Aráoz, fiel ejecutor del mismo, quien decía: “...de pocos años a esta parte han introducido la gente, así españoles como indios, en vez de cura ce­lebrar la fiesta de N. S. del Rosario en el paraje y Capilla de los Monteros los ocho o quince días en que se han estado con grave perjuicio de los Vecinos por las consecuencias que se han seguido y se siguen actualmente en estos días se han seguido, corno por noticias consta a los Individuos de este Cabildo”. Se­gún Aráoz las celebraciones eran demasiado largas por cuanto afirma “once días a que dicen están de fiestas y prosiguen hasta el domingo que viene”, y lo que es más grave al celoso cabildan­te es que se cometen “pecados que se suelen seguir de hurto y otros como el de puñaladas” y como si esto fuera poco aseguran le han faltado el respeto a un “religioso agustino que asiste en dicha jurisdicción”.

El Cabildo aprobó la moción de Aráoz y dispuso se oficiase a los Curas de Chicligasta y  Marapa, ya que ignoraban a cuál de tales parroquias pertenecía.

Las actas del Cabildo no dicen cómo terminó el asunto, pero una jugarreta del destino haría que un hijo del celoso cabildante Don Diego Aráoz, fuera el primer párroco de la futura parroquia de los Monteros.

 

 

 

 

 

 

 

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